10/02/2026
Me encontré rezando en el altar de la indiferencia, sin que el tiempo interrumpiera tan desesperanzada actividad. De lo más profundo de la Tierra se produjo un movimiento magnético que llegué a percibir como ligera vibración, lloré por los muertos de esta especie llamada terrícola y no pude contener unos segundos de profunda emoción. El mantra sanador de lo cotidiano dijo no, y todo volvió a su normalidad, esa de la que nadie quiere salir, la que nos ofende los sentidos con su inadecuada iluminación espiritual, donde la ética le gana a la razón y a la realidad inventada por el consenso humano. El azote de las mentes se volvió para dejar señalado al sexo de mujer nacido mujer como la habitante más calificada para dirigir los destinos de mejor calado eficaz en cuanto al respeto con las cosas. Nadie se atrevió a romper la narrativa dominante por si acababa en soledad y conseguía el oprobio de las elites. Nadie se dirigió a sus residencias, nadie encarnó la disidencia, nadie comentó nada al particular, nadie pensó en la utilidad de la deserción.
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